Fabulosamente rica

La multimillonaria Gloria Vanderbilt, tumbada en un sofá

Sigo a rajatabla un consejo sobre el dinero que leí hace un tiempo en una revista. La economista a la que entrevistaban decía: “Gasta tu dinero en aquello que te haga feliz y ahorra todo lo que puedas en aquellas cosas que te disgustan”. Se me quedó grabado, y aunque no recuerdo el nombre de la economista, le agradezco inmensamente el consejo. Porque es una de aquellas frases que te cambian la vida.

Que el dinero no es más que energía ya empieza a ser un secreto a voces. Es un medio, no un fin, cosa que algunos no pillan y así les va. Pero para disfrutar de la vida gracias al dinero hay que saber qué es lo que a nosotros nos hace felices, y ahí está el tema. Hay que ser honesto y también agradecido. Honesto para elegir con el corazón, digan lo que digan, y agradecido porque sentirse bien es uno de los mayores placeres de la vida y suele estar a nuestro alcance más veces de las que reconocemos.

Pongan foco, como se dice ahora. Acostúmbrense a tener presente qué les hace inmensamente felices y vayan por la vida con esa idea en mente. Eso les permitirá decidir convencidos, posponer sin ambages, ser exigentes, dejar de conformarse con menos. Y todo gracias a una frase que tiene el poder de abrir un mundo entero. Ser rico es sentirse abundante, agradecido y confiado. Caminen así por la vida porque así es como andan las personas fabulosamente ricas.   

Igual que vosotros

Martaonablog igual que vosotros

Vaya por delante que mi pecado capital es la soberbia. Tendrían que ver la cara de desprecio con la que obsequio a cualquier infeliz que ose cruzarse en mi camino cuando tengo un mal día. Por suerte, no vivo instalada en la arrogancia, y en realidad tienen que ir muy mal las cosas para que me encierre en mi torre de marfil a ver pasar idiotas. Sé con certeza que en otra vida fui la reina de Alicia en el país de las maravillas. Me siento yo cuando elevo la nariz a la manera de los franceses y sentencio, despreocupada pero contundente: “¡Que le corten la cabeza!”

Albert Einstein dijo que la estupidez humana era infinita. Lo que me da alas, claro, aunque mi mantra es que la gente es idiota. Así, en general. Y no espero que hagan las cosas de otro modo, que piensen distinto o que se disculpen. Solo con que desaparezcan de mi vista me doy por satisfecha.

Pero soy una chica lista y sé que la ley de la atracción empieza a calentar motores cuando me ve levantar una ceja ante los atontados que suben a un autobús abarrotado aunque el panel informativo de la marquesina les esté diciendo que en dos minutos pasa otro autobús. (Por poner un ejemplo. Vayan haciéndose una idea de la semanita que he pasado). Y aunque me permito la sentencia inculpatoria y alguna que otra cara de asco, me tengo tajantemente prohibido empezar a armarme de razones porque entonces sí me garantizo el desfile sin fin de todos los idiotas del planeta. (Véase de nuevo Ley de la atracción en marcha).

La cantante Luz Casal dijo una vez que no podía soportar a la gente estúpida y los quinientos periodistas que la entrevistaron en las siguientes quinientas entrevistas le preguntaron (¡todos!) a qué se refería con eso. Un día de estos va a tener que bajar Dios a verlo en persona. Mientras tanto, yo me reconozco soberbia y me agarro a dos trucos que me ayudan a limpiar el entorno. El primero es buscar inmediatamente a alguien que no tenga nada de tonto para rebatirme a mí misma la sentencia. El segundo, recordar que yo también cojeo por algún lado en opinión de muchos. (…) lo mismo, igual, oh hombres, que vosotros.

Maestros de las narices

Ya me perdonarán el título, pero era peor el que traía en mente, o sea que hemos salido ganando aunque no lo parezca. Este artículo va de todas esas personas groseras, mal educadas y desagradables que pueblan nuestro entorno y nos hacen pasar un mal rato. Esa gente que los gurús de la espiritualidad insisten en llamar “Maestros” y nos invitan a reconocer con humildad y agradecimiento.

Esos idiotas, vaya. Porque corre cada imbécil… Y aunque empezaría a encadenar lindezas, sé que, por desgracia, los gurús tienen razón y no es baladí que me tropiece con un idiota. Que es cierto que la situación (no el idiota) tiene alguna lección valiosa para mí y cuanto antes la descubra, antes dejará de repetirse en mi vida con distintos rostros y distintas formas.

Yo no creo que nadie tenga que dar las gracias a nadie que le moleste, se muestre invasivo, falte al respeto o se imponga de ninguna manera. Pero sé cómo funciona esto. Hay personas que van por la vida buscando a quien perturbar y otras que se prestan voluntarias a ser perturbadas. Y se encuentran, claro. “¡Dame una excusa!”, parecemos decirnos. Pero es una estrategia desagradable y lo ideal sería que esa gentuza ni siquiera nos viera.

Yo lo digo aquí y parece fácil. No lo es. Incluso sabiendo todo esto, hay veces que tengo que contar hasta siete mil y ni por esas. Miren, yo, si de verdad siento que necesito soltarle un moco a alguien, se lo suelto. Y, luego reflexiono a fondo. He dejado de preocuparme por el que se ha llevado el moco. La mayoría de las veces, su reacción es desproporcionada y, además, sólo se ha llevado lo que andaba buscando.